Una generación despierta
A raíz de la Segunda Guerra Mundial surgió en el corazón de Europa una nueva generación. Sus padres habían reconstruido un continente hecho añicos con disciplina y sacrificio, y los hijos lo agradecían. Pero agradecer no es lo mismo que estar de acuerdo. Al mirar el mundo que sus mayores habían levantado de los escombros, los jóvenes vieron bajo la prosperidad algo inquietante: una sociedad que había aprendido a producirlo todo y a saborear casi nada, que medía el éxito en toneladas y en facturación, que había ganado el mundo y estaba perdiendo en silencio sus sentidos.
El espíritu del movimiento estudiantil de 1968 y los ideales de la generación flower power encendieron un deseo de cambio: el anhelo de una sociedad construida sobre la integridad, el respeto por la naturaleza y un hondo sentido de vínculo entre los seres humanos. Mucho de lo que aquella generación intentó fracasó, como fracasan los primeros intentos. Las comunas se disolvieron. Los lemas envejecieron mal. Algunos de los profetas resultaron ser vendedores. Pero las preguntas que hicieron no envejecieron en absoluto, porque eran las preguntas más antiguas del mundo, formuladas de nuevo con la urgencia de la posguerra. ¿Qué es una buena vida? ¿Qué le debemos a la tierra que nos alimenta? ¿Qué nos debemos unos a otros?
Donde se sembró APANI
Fue en ese suelo fértil donde se sembraron las semillas de APANI. Mentes jóvenes e inteligentes de aquel tiempo empezaron a mirar la naturaleza con otra lente. Rechazaron el materialismo desbocado, la explotación incesante, el derroche irreflexivo de recursos que marcaron aquellos años. Abrazaron conceptos alternativos y exploraron nuevas formas de convivencia. Anhelaban una sociedad que reflejara la verdadera naturaleza de lo humano, una sociedad donde compartir, integridad, lealtad y amor formaran el cimiento de toda relación.
La mayoría de ellos llevó ese anhelo en privado a carreras corrientes. Uno de ellos no. Se tomó el anhelo al pie de la letra y se puso a construir objetos dignos de él, uno a uno, en los dos campos que más amaba.
Tan puro como la naturaleza lo dispuso
Cuatro palabras. Al principio apenas algo más que una convicción privada, después una promesa impresa en todo lo que la casa fabrica. El nombre APANI es su acrónimo y su juramento. No dicen «tan puro como sea posible», que es el lenguaje del compromiso. No dicen «tan puro como sea rentable», que es el lema tácito de la época. Dicen «como la naturaleza lo dispuso», y con ello nombran a la naturaleza, y no al mercado, como criterio del juicio.
De aquí se sigue lo que llamamos la ley natural de APANI, y merece su enunciado formal porque cada capítulo de la historia de la casa no es sino una aplicación suya. Cien por cien del original, y cien por cien de valor añadido. Nada de lo que la naturaleza da debe perderse, y todo en la experiencia debe elevarse por el conocimiento, la precisión, la entrega y el amor a la cosa misma.
Ese es el origen, contado de verdad. Tan puro como la naturaleza lo dispuso: nunca fue un lema. Fue, y sigue siendo, una decisión sobre cómo vivir.








